“La guerra termino” las voces de fantasmas familiares lo
incitaban con sus murmullos suaves, eran como las olas del Océano Atlántico,
golpeado la playa el día de su arribo, eran sus compañeros de división, esos
hermanos de armas que el destino presento en la peor de las situaciones, solo
recuerdos de caídos que susurraban, que soplaban en su oído mudas palabras casi
imperceptibles “la guerra termino”.
La sangre
se mezcla con el barro negro y la piedra blanca, la luz lunar refleja en aquel
fango marrón rojizo líneas plateadas. Son augurios de un cielo abierto,
despejado, de una noche fría y húmeda que bañara de rocío fino y brillante la
temprana mañana siguiente. Cuando estuvo al fin lucido pensó "¿donde están
todos?".

Después
de haber soñado ráfagas de proyectiles surcando el aire en todos sus espacios,
invadiendo sus francos si herirlo, ver caer a sus camaradas uno a uno fue la
peor pesadilla que pudo tener. Despertó, aun era de noche. Palpo el frío en su
rostro mojado, olió el hedor descompuesto de la sangre, del barro y de la
piedra, y la muerte se hizo presente de nuevo pero esta vez no como un sueño.
Volvió a sentir esas voces que lo torturaban incesantes, como un ruido blanco
lluvioso, un susurro silencioso en voz baja callando al niño en un shh… llovía
en la cantera. Se percato del agua cuando respiro barro marrón rojizo por su
nariz, esta vez puede que de verdad despertase, no lo supo entonces, estaba
afiebrado. Escupió y tocio barro y sangre, su propia sangre se mezclo en la
formula y quedo impregnada en su chaqueta para siempre. Volteo su cuerpo y se
acostó sobre su espalda esta vez, mirando al cielo, extraño a la luna. Veía las
gotas de lluvia lentas caer hacia él, como ráfagas de proyectiles surcando los
cielos sin poder impactarlo. Sus ojos se estremecieron, se humedecieron y
nublaron su visión. No eran las gotas de la lluvia fina nocturna que bañaban la
cantera y resonaban como aplausos leves, como silbidos sin aliento, sin sonido,
eran las gotas del alma, una lluvia de tristeza desconsolada que bañaban sus
ojos respondiendo una pregunta que haría para sí a la mañana siguiente
"todos están muertos".
El llanto
era desconsolado, contuvo cuanto pudo el gemido doloroso y colérico, pero tenía
que estallar, dejarlo salir. Entonces tapo su boca con las dos manos, respiro
agitado para calmar el llanto aunque apenas podía, seco sus lágrimas, tomo su
arma. Se puso atento a los sonidos de la noche, de la lluvia menguando, de las
piedras y el barro en la cantera que se deprenden, se aplastan y se rompen al
paso anunciando la presencia de un enemigo. Nada se oyó, nada más que el eco de
su propio gemido repitiéndose en toda la isla. Escuchado por todos los cuerpos
olvidados ahí, como él, perdidos en acción, nada más se oyó. Pronto hubo calma
en su corazón, la adrenalina que provoca el miedo lo mantuvo atento un tiempo
largo, no había lluvia ya, el cielo se despejaba, era temprano en la madrugada
tardía y de paso lento, la luna lo vería dormir un poco más.
El
borracho camina errante por la playa gris. Es una playa de rocas plateadas
sucias, de aguas congeladas que espumosas barren las orillas llenándolas de
arena marrón de las profundidades. El borracho extasiado, perdido, camina torpe
en vaivén, de un lado a otro. Camina lento y confuso, desequilibrado, chocando
con el aire o tratando de esquivar los suspiros del viento. Se deja llevar por
la inercia que pone un pie delante del otro, derecha izquierda derecha
izquirda, por el instinto que lleva sus manos al frente cada vez que tropieza y
cae pesado, esa
vehemencia que lo hace
levantarse una vez mas. No es consiente de sus actos, no del todo. Como un
ebrio de placeres satisfechos en demasía, enceguecido, perdido, caminaba por la
playa sin dirección. Pero su estado no lo provocaba la satisfacción desmedida
sino la carencia, en su vientre de agua y alimentos, en su espíritu de un fin
claro a su interminable cruzada por aquella playa, en su vida de un futuro
lejos de esta isla. Sueña despierto.
La niebla
lo cubre todo en el llano pedregoso, cerca de la playa. Un campo de batalla
sitio de enfrentamientos furibundos, emana muerte que se puede respirar, motiva
temores bloqueantes. Son los fantasmas de soldados aliados y enemigos caídos
aquí, su ultima morada, que no pueden descansar ni a la luz de esta mañana y
salen a cubrir el aire con su manto tenebroso. Son los fantasmas del día,
moviéndose entre la niebla blanca en busca de personas consientes, con memoria,
para recordarles su terrible dolor, que no permiten ser olvidados, ser dejados
de lado para siempre. Y entre esos fantasmas del presente, moviéndose en aquel
manto blanco de la niebla, un soldado ingles se divisa, es un errante. Un
enemigo desamparado camina por entre las olas suaves de algodón, se refugia en
aquella nube de pólvora, de humo y vapor. Escapando tal vez a sus propios
demonios, espíritus caídos en este llano pedregoso que lo incitan con su
impronta y susurran a su oído “the war is over”.
Entonces
el disparo se hace, tan certero como un hombre moribundo puede llegar a
hacerlo. Y el proyectil surca el aire helado de la mañana desde las cercanías
de la playa, viajando veloz hacia el llano y la niebla blanca profunda. El
proyectil se pierde en aquel manto blanco nuboso, surca sus espacios abriéndose
paso en linea recta, va hacia su objetivo y lo impacta certero. Un grito
desgarrador se oye en la mañana de silencios y soplidos del viento, de
silencios y barridos de olas en la playa, de silencios interrumpidos esta vez
por una queja dolosa de un hombre en la niebla. El cuerpo cae, se oye pero no
puede verse. El soldado cauteloso corre desde la playa, escudriñando los
espacios blancos y violentando piedras a su paso. Encuentra al hombre, su
enemigo, respirando sus últimos momentos de vida, andrajoso, blanco pálido de
días sin comer, temblando del frío y del miedo y de la sed y del hambre,
sangrando por su costado derecho, divagando. Hablaba en su lengua con fantasmas
del pasado, de su vida pasada en su hogar, lejos, muy lejos de esta isla. Se
despedía de sus seres amados pidiendo disculpas por no haber vuelto a casa
después de terminar esta maldita guerra, pidiendo disculpas por no haber
sobrevivido. Eran los últimos momentos de su enemigo como pronto serian los
suyos. Lo sostuvo de la cabeza el tiempo suficiente, tomo su mano y la apretó
muy fuerte, lloro su muerte, pero solo cuando ya no podía verlo, entonces dijo
“perdoname viejo”.
Nadie
recordara el momento en la historia en que el ultimo soldado de una guerra
absurda muera en el campo de batalla, ¿quien fue?. No se contaran historias ni
aparecerá en ningún anal de aquellos países en guerra el nombre del hombre, del
soldado, que aquella mañana desde una playa gris, realizo el ultimo disparo en
las islas del Atlántico.
Miguel Quinteros