Tomé una lapicera, una azul, de
las legendarias BIC de trazo fino, seguro era de mi hermanito, porque estaba
toda mordisqueada, es decir, había sufrido la ansiedad del changuito por
terminar desordenadamente su tarea para ir a jugar. Se notaba también con mucho
uso, lo que me pondría en búsqueda de otra a la media hora... Tenía un lápiz a
mano, pero detesto escribir con ellos (Lo irreal de poder borrar para corregir
es lo que me disgusta, escribir es vivir, y la vida no te permite borrar los
errores) y preferí arrancar con la lapicerita, a pesar de los inconvenientes
que esta traía.
Con un cuaderno viejo de Calculo
III se completaba mi arsenal y, mientras la pava hervía me dispuse a comenzar.
Entre vueltas y vueltas, cuando me quise sentar mi madre ya me gritaba haciéndome
entrar en razón...la pava hervía.
Fue té en esa ocasión, como
nunca, pero la falta incidental de yerba propició el sacrilegio. Me puse un
poco de mal humor, pues el té no es un santo de mi devoción. Boludeces. Unas
tortillitas con manteca (milagro) y comencé a madurar alguna idea mientras
pasaba el desayuno.
Una vez que terminé, tomé la
lapicera y la posé en el cuadernito. No supe por dónde comenzar. ¿Sería poema? ¿Me
animaría a un cuento? Mi mamá surcando el cielo con un reproche... -¿No pensas
lavar lo que utilizaste?-
-Ya voy.- Más tiempo para pensar, las ganas estaban...pero con eso no suele
alcanzar.
Con la taza de scooby doo (que
me trajo una prima desde Orlando) limpia y puesta en su lugar, con la mesa
libre de migas me dispuse, otra vez, a comenzar. Golpeaba con impaciencia la
punta de lapicera contra el borde del cuaderno. Trazaba uno que otro rayón. No
me podía concentrar. Me levanté. Apagué la tele (estaban dando las noticias del
canal 8) y puse Jammin de Bob Marley, a repetirse una y otra vez. Así el ciclo
me abstraería del ruido y el sonido conocido no me distraería. Me volví a
sentar.
Esperaba una idea, tenía la
mente en blanco. El reggae le daba ritmo a mi cabeza, que se movía con
paciencia a la tranquila cadencia de la canción. Cuanta genialidad, cuanta paz,
pensé. Cerré los ojos. De pronto vi una sonrisa, una tarde de septiembre y un
paisaje conocido...escribí.
Tú, mi rojo atardecer, mi
alegría, mi brillo.
Recordé sus correteos llenos de vida
tras de mí, cubiertos de pasto de tanto rodar.
Mi brisa primaveral, mi tierno
juego de niños.
Llévame por tus caminos de aire y trino.
Llévame, mi bella inocencia,
a volar por el mundo contigo.
Sonreí, mas por el recuerdo de aquel
momento que por el verso. No suelo endiosar las palabras que escribo, pero si
mis recuerdos. Tesoro. Cerré mis ojos de nuevo, quise retener esa imagen en mis
pupilas un momento, en mi mente verla rodando junto a mi cuerpo. Pero ya se
había perdido, se esfumó. Y me quedé a oscuras, así como quien espera por
alguien que no volverá. Creí sentir su aroma rodeándome...
Tú, mi cálido jardín, mi verde,
mi primavera.
El dulce azahar de mis dolores, mi vida entera.
Envuélveme en tu perfume, tu olorcito a espera.
Me perdí por unos instantes, tenía
en mi débil humanidad su insignia. Impregnada en mi piel cada delicada gota de
su pasión, la marca de su histeria, las curvas de su femineidad, su don de
Venus. Todo eso estaba prendido en mí. Crueldad. Martirio. No tengo donde
escapar cuando ese implacable poder aparece, no puedo hacer otra cosa mas que
temblar y caer de rodillas.
Me di con mi madre corriendo
mis cosas de la mesa para el ritual del almuerzo. ¡Cómo pasó el tiempo! A veces
parecen momentos y se pasan horas. Almorcé tarde, luego, al trabajo.
Las energías para terminar el poema
no habían disminuido, pero como ya dijimos, se necesita un poco mas que eso
para hacerlo bien. Decidí viajar al trabajo en colectivo, allí podría utilizar
el tiempo para terminar. Me ayudaría la tecnología, para no andar cargando con
el cuadernito y la lapicera (y todos los desastres caligráficos que provoca el
andar tambaleante de los buses). En fin, baño y preparación mediante, tomé el
impredecible transporte público tucumano. Volvió Jammin, esta vez en mis
auriculares, y proseguí con la tarea escribiendo en el teléfono. ¡Cómo seguir!
No podía retomar el hilo, entonces fue que sentí su perfume, entre la gente que
subía y bajaba, hasta creí que la encontraría (Esa ingenuidad instantánea del
que sueña) sin tomar en cuenta que era imposible. De ilusiones se vive, dicen.
Envuélveme, mi bella inocencia,
en la histérica flor de tu enredadera.
Entre los baches del camino, mi
atención contenida en tratar de seguir no se había percatado de una nenita con
anteojos que me miraba, más concentrada que yo, sin lugar entre los asientos.
Me levanté, tal vez avergonzado por no haberme dado cuenta antes, y le ofrecí
mi lugar apurado. Su madre me agradeció y se sentaron, tratando cuidadosamente
de no arrugar ni el pequeño delantal de la alumna ni la ropa de trabajo de su
mamá.
Creí haberlas visto ya,
creí conocerlas...de algún lugar, de mis sueños tal vez, esos ojos miel que
alguna vez compartí.
Tú, mi
mejor historia, mi luz, mi inspiración.
El latido constante, bravío empuje de mi corazón.
Sentí que una necesidad imperante gritaba en mis entrañas con desesperación. Sentí tu cuerpo, tus manos, tu amor llegando a cada espacio de mi ser. No supe que hacer en ese momento. Quise dejar de escribir, salir corriendo a buscarte. Triste realidad. Resignación.
Estaba llegando, ya sin mas que terminar, al trabajo y vino entre la herida entreabierta....
Recórreme completo, sé la voz de mi canción.
Recórreme, dolor de mis noches,
con el susurro caliente de tu respiración.
Puse el punto final, rodó una lágrima. Me levanté del asiento y me dispuse a bajar. A veces escribir te ayuda a recordar lo que alguna vez te hizo feliz, te lleva por caminos sinuosos, llenos de riesgo, porque todo recuerdo tiene esa belleza de la sonrisa que te arranca, pero también remover el sufrimiento que habías olvidado por ahí. Escribir es la eternidad que dejas atrás. Descarga. Escribir tambien es plasmar lo que tienes miedo de olvidar.