Nadie murió de amor, me dije, nadie. Y me dí vuelta, tratando de dormir. Por alguna razón había estado inquieto, tratando de descansar pero por un secreto motivo que desconocía, mi cuerpo no encontraba comodidad en ninguna posición. ( No voy a mentir, insulté de variadas y muy imaginativas maneras que no vienen al caso a todos los dioses existentes y también a unos cuantos que inventé sólo para poder seguir blasfemando) Así perdí mi paciencia, y todos sabemos que, una vez que te pones nervioso no vas a poder dormir.
El estúpido sol fue iluminando con alegría cada uno de los espacios de mi cuarto, y mis ojos no pudieron encontrar manera y motivación para seguir cerrados, por mas que los forcé. Salí al balcón, a mirar el amanecer que me estaba cagando soberanamente y con hermosa fastuosidad mis pelotudas ganas de, simplemente dormir. Dormir, dormir, dormir, dormir, era sólo eso lo que quería. Descanso, alivio.
Despues de media hora y dos (si, dos) intentos de acostarme tozudamente, decidí desistir. Entre tanta ida y venida me quedé un momento (no se cuanto habrá pasado) absorto mirando las formas que tomaban ciertas sombras con la luz de la mañana. Pensé en desgastarme, en forzarme al cansancio. Para ello nada mejor que hacerlo acompañado, y por tanto me pareció una excelente opción despertar a mi amigo, para obviamente disfrutar la mañana tomando mates (si, claro que fue porque si no duermo yo, no duerme nadie).
Toqué fuerte la puerta de la puerta a lo que me respondió, con un ¿qué pasó? entre sorprendido y somnoliento. - Che, vení, levantate que está lindo el sábado para tomar unos mates. Como no podía ser de otra manera recibí un ¿vos sos boludo? como respuesta, tan comprensible como su mal humor. Supe, que en unos momentos vendría, de muy mala gana a acompañarme.
Dicho y hecho, a la media hora, y luego de luchar contra los mismos demonios que yo pero condensados en menos tiempo. Harto de insultar (aunque no tuvo que inventar ningún dios ni blasfemar al Único) ya que tenía a algo mucho mas terrenal para dirigir (con razón) todos sus improperios.
A todo esto, mientras la pava silbaba, puse a sonar algún concierto en vivo de Adele (por lo general escucho discos en vivo de los artistas que admiro, los siento mas humanos, con esa belleza especial que le da a la música la adrenalina y el nervio de enfrentarse a una multitud, sin posibilidad de equivocarse) Así, termo lleno, mate preparado, música de fondo, me dispuse a sentarme a escribir.
Comencé, como suelo hacerlo, con la frase que intento sacar de mi cabeza, la que no me dejaba dormir, la que me impulsaba. Puse:
Nadie murió de amor, nadie...
Y, preso de mi costumbre, me distraje mirando a la ventana. Me hipnotizó la fealdad de un edificio que se veía detrás del paisaje que suelo ver, como un detalle feo que, lejos de desagradar, le daba algo interesante a la vista, resaltaba todo lo que había antes de él. Me levanté a buscar facturas y tortillas, para agasajar a mi futuro invitado que seguía emperrado en tratar de dormir. Cuando volví, mi amigo ya estaba sentado en el living tarareando Rolling in the deep con un malhumor intergaláctico.
Después de dos tortillas, cuatro o cinco mates y de reiterarme la pelotudez que me adorna de modos muy imaginativos se le pasó. A media mañana, yo no había escrito una sola letra más, pero había encontrado entre sus palabras, escondidas en esa conversación de mutuo no dormir, un par de penas que ya suponía, pero que no había podido nunca confirmar. Había llegado a creer en su entereza, después de tanto tiempo. Me engañó de una manera vil con su superación, tanto que al darme cuenta me sentí un mal amigo. Así descubrimos que, a ambos nos seguía dando vueltas un nombre en la cabeza, que eran nombres distintos, pero que significaban lo mismo, tal vez sinónimos, tal vez en distintos idiomas. Esas letras rejuntadas con apariencia femenina, sólo significaban una cosa, decepción. Alguien dijo por ahí que es la componente dolorosa del amor, la parte que le restituye al universo la energía que desperdiciamos al ser felices.
Cuando me cansé de Adele (porque uno se cansa de la belleza, por pequeños intervalos, cuando se hace repetitiva) puse a mi interlocutor a decidir nuestro destino musical. Para seguir dándonos manija con cuestiones mustias, eligió El aprendiz de Alejandro Sanz. Debo confesar que la idea original fue la versión de Rodrigo pero al final se inclinó por la versión melódica, para seguir con el tono solemne de la reunión de
emergencia. A mitad de tema, fue que me preguntó, ¿Vos pensas que realmente fué así? o sea, ¿Vos crees que se portó mal, que fué cruel con alguien por venganza? o simplemente se vengó con la canción...
No sé, respondí, pero me gusta pensar que no, que su crueldad, que su rencor sólo se cristaliza en la letra, que se hace carne viva en la canción. Digamos que desnuda la maldad de su pareja, su sufrimiento y la empuja a la notoriedad del éxito. La deja en evidencia sin nombrar. Por tanto, se convierte en la venganza contra esa mujer que forman todas las mujeres que amó. Porque todas, en parte se sentirán aludidas.
Despues de semejante alocución, el señor atención ya estaba rasgando la guitarra, y aclarando que no había escuchado ni la mitad de mi delirio, me dijo, encima es muy fácil de tocar.
Así fué que, movidos por la falta de sueño, el aburrimiento y un deseo de despecho exagerado por el estado de sensibilidad en el que estabamos, decidimos que la mejor solución a nuestros problemas amorosos y de sueño sería (por algún motivo que no recuerdo ni puedo justificar) grabar esta canción, encima...¡en video! Total es fácil de tocar, ¿cuánto podremos tardar?
Después de horas y horas de grabaciones llenas de errores, seriedad y risas, concebimos con malicia nuestra terrrible venganza a lo Sanz. Repetí un par de veces mi concepto durante este tramo de grabación, para que me escuchara y también para motivarnos a sentir el tema (como si lo necesitaramos) aún mas. Acelerados por este objetivo extravagante, ebrios de triunfalismo, subimos el video a Internet:
Hartos de la canción, de las guitarras, de nuestras caras nos fuimos a dormir una siesta. Merecida, de alguna manera u otra.Al despertar, me senté en la computadora, prendí el teléfono, abrí las redes sociales, en busca de consecuencias, de algún tipo de reacción. Ví un par de me gustas, (de nuestras hermanas y de alguna que otra amiga compasiva) un par de amigos comentando y riéndose de nuestra performance, en fín, un video visto treinta veces de las cuales nosotros habíamos reproducido la mitad de las veces, si no mas.
Una voz ronca y descansada me preguntaba por las consecuencias... ¿Y? ¿Algún estado? ¿Algún mensaje? -No, respondí secamente derrotado.-
Pero seguro se dieron cuenta, me dijo, te juego lo que quieras. No se van a poner en evidencia, pero apuesto plata a que les está doliendo, aunque sea un poco.
Pfff, de eso no tengas dudas, le dije. Pero no lo van a reconocer. Un ídolo Alejandro Sanz... ¿no? Totalmente, me dijo y se fue a lavar la cara.
Esa noche no salimos, fue un sábado de descanso. Yo me fuí a dormir, casi de inmediato a las pizzas, y con la cabeza en la almohada, con una sonrisa en mis labios, me dije, victorioso...
Nadie murió de amor, nadie...
