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viernes, 4 de abril de 2014

El Último Disparo en las Islas del Atlántico

          “La guerra termino” las voces de fantasmas familiares lo incitaban con sus murmullos suaves, eran como las olas del Océano Atlántico, golpeado la playa el día de su arribo, eran sus compañeros de división, esos hermanos de armas que el destino presento en la peor de las situaciones, solo recuerdos de caídos que susurraban, que soplaban en su oído mudas palabras casi imperceptibles “la guerra termino”.
            La sangre se mezcla con el barro negro y la piedra blanca, la luz lunar refleja en aquel fango marrón rojizo líneas plateadas. Son augurios de un cielo abierto, despejado, de una noche fría y húmeda que bañara de rocío fino y brillante la temprana mañana siguiente. Cuando estuvo al fin lucido pensó "¿donde están todos?".

            Después de haber soñado ráfagas de proyectiles surcando el aire en todos sus espacios, invadiendo sus francos si herirlo, ver caer a sus camaradas uno a uno fue la peor pesadilla que pudo tener. Despertó, aun era de noche. Palpo el frío en su rostro mojado, olió el hedor descompuesto de la sangre, del barro y de la piedra, y la muerte se hizo presente de nuevo pero esta vez no como un sueño. Volvió a sentir esas voces que lo torturaban incesantes, como un ruido blanco lluvioso, un susurro silencioso en voz baja callando al niño en un shh… llovía en la cantera. Se percato del agua cuando respiro barro marrón rojizo por su nariz, esta vez puede que de verdad despertase, no lo supo entonces, estaba afiebrado. Escupió y tocio barro y sangre, su propia sangre se mezclo en la formula y quedo impregnada en su chaqueta para siempre. Volteo su cuerpo y se acostó sobre su espalda esta vez, mirando al cielo, extraño a la luna. Veía las gotas de lluvia lentas caer hacia él, como ráfagas de proyectiles surcando los cielos sin poder impactarlo. Sus ojos se estremecieron, se humedecieron y nublaron su visión. No eran las gotas de la lluvia fina nocturna que bañaban la cantera y resonaban como aplausos leves, como silbidos sin aliento, sin sonido, eran las gotas del alma, una lluvia de tristeza desconsolada que bañaban sus ojos respondiendo una pregunta que haría para sí a la mañana siguiente "todos están muertos".
            El llanto era desconsolado, contuvo cuanto pudo el gemido doloroso y colérico, pero tenía que estallar, dejarlo salir. Entonces tapo su boca con las dos manos, respiro agitado para calmar el llanto aunque apenas podía, seco sus lágrimas, tomo su arma. Se puso atento a los sonidos de la noche, de la lluvia menguando, de las piedras y el barro en la cantera que se deprenden, se aplastan y se rompen al paso anunciando la presencia de un enemigo. Nada se oyó, nada más que el eco de su propio gemido repitiéndose en toda la isla. Escuchado por todos los cuerpos olvidados ahí, como él, perdidos en acción, nada más se oyó. Pronto hubo calma en su corazón, la adrenalina que provoca el miedo lo mantuvo atento un tiempo largo, no había lluvia ya, el cielo se despejaba, era temprano en la madrugada tardía y de paso lento, la luna lo vería dormir un poco más.
            El borracho camina errante por la playa gris. Es una playa de rocas plateadas sucias, de aguas congeladas que espumosas barren las orillas llenándolas de arena marrón de las profundidades. El borracho extasiado, perdido, camina torpe en vaivén, de un lado a otro. Camina lento y confuso, desequilibrado, chocando con el aire o tratando de esquivar los suspiros del viento. Se deja llevar por la inercia que pone un pie delante del otro, derecha izquierda derecha izquirda, por el instinto que lleva sus manos al frente cada vez que tropieza y cae pesado, esa vehemencia que lo hace levantarse una vez mas. No es consiente de sus actos, no del todo. Como un ebrio de placeres satisfechos en demasía, enceguecido, perdido, caminaba por la playa sin dirección. Pero su estado no lo provocaba la satisfacción desmedida sino la carencia, en su vientre de agua y alimentos, en su espíritu de un fin claro a su interminable cruzada por aquella playa, en su vida de un futuro lejos de esta isla. Sueña despierto.
            La niebla lo cubre todo en el llano pedregoso, cerca de la playa. Un campo de batalla sitio de enfrentamientos furibundos, emana muerte que se puede respirar, motiva temores bloqueantes. Son los fantasmas de soldados aliados y enemigos caídos aquí, su ultima morada, que no pueden descansar ni a la luz de esta mañana y salen a cubrir el aire con su manto tenebroso. Son los fantasmas del día, moviéndose entre la niebla blanca en busca de personas consientes, con memoria, para recordarles su terrible dolor, que no permiten ser olvidados, ser dejados de lado para siempre. Y entre esos fantasmas del presente, moviéndose en aquel manto blanco de la niebla, un soldado ingles se divisa, es un errante. Un enemigo desamparado camina por entre las olas suaves de algodón, se refugia en aquella nube de pólvora, de humo y vapor. Escapando tal vez a sus propios demonios, espíritus caídos en este llano pedregoso que lo incitan con su impronta y susurran a su oído “the war is over”.
            Entonces el disparo se hace, tan certero como un hombre moribundo puede llegar a hacerlo. Y el proyectil surca el aire helado de la mañana desde las cercanías de la playa, viajando veloz hacia el llano y la niebla blanca profunda. El proyectil se pierde en aquel manto blanco nuboso, surca sus espacios abriéndose paso en linea recta, va hacia su objetivo y lo impacta certero. Un grito desgarrador se oye en la mañana de silencios y soplidos del viento, de silencios y barridos de olas en la playa, de silencios interrumpidos esta vez por una queja dolosa de un hombre en la niebla. El cuerpo cae, se oye pero no puede verse. El soldado cauteloso corre desde la playa, escudriñando los espacios blancos y violentando piedras a su paso. Encuentra al hombre, su enemigo, respirando sus últimos momentos de vida, andrajoso, blanco pálido de días sin comer, temblando del frío y del miedo y de la sed y del hambre, sangrando por su costado derecho, divagando. Hablaba en su lengua con fantasmas del pasado, de su vida pasada en su hogar, lejos, muy lejos de esta isla. Se despedía de sus seres amados pidiendo disculpas por no haber vuelto a casa después de terminar esta maldita guerra, pidiendo disculpas por no haber sobrevivido. Eran los últimos momentos de su enemigo como pronto serian los suyos. Lo sostuvo de la cabeza el tiempo suficiente, tomo su mano y la apretó muy fuerte, lloro su muerte, pero solo cuando ya no podía verlo, entonces dijo “perdoname viejo”.

            Nadie recordara el momento en la historia en que el ultimo soldado de una guerra absurda muera en el campo de batalla, ¿quien fue?. No se contaran historias ni aparecerá en ningún anal de aquellos países en guerra el nombre del hombre, del soldado, que aquella mañana desde una playa gris, realizo el ultimo disparo en las islas del Atlántico.

Miguel Quinteros