“La rosa antes de convertirse en un hermoso pimpollo, que
luego será una bella flor, es un simple tallo cubierto de espinas”.
Nadie sabe en qué momento específico y único en sus vidas
tendrá la fortuna de conocer su flor, pero lo que sí sabemos sin lugar a dudas
es reconocerla cuando el momento sucede.
Mucho se ha hablado sobre la necesidad de ser feliz uno
mismo primero, sin la ayuda de terceros, antes de pretender hacer feliz a
alguien. Pues bien, hoy intentaré demostrar lo contrario.
“Enlazando los delicados hilos de cristal con los que se
tejen los sueños, descubro, suspirando en silencio, que tu imagen se refleja en
cada uno de ellos, creando en mi mente el mejor de los cuentos. El de los dos,
en un infinito encuentro”.
Supongamos que en tu vida se largó la tormenta. Supongamos
también que nada puedes hacer para evitar caer en las tempestuosas aguas del
naufragio amoroso. Aunque los remos de tu golpeado bote se agranden a medida
que pase el duelo, sabemos que aquello llevará su tiempo. Supongamos entonces
que el viento arrebató tu rosa, dejando el tallo con espinas.
Nada que no cure el tiempo. Vas a estar bien.
Ahora supongamos que apenas comenzó la tormenta y te
encuentras en alta mar. El momento cúspide de desolación e incertidumbre. Un
firme barco salvavidas se aproxima a donde estás y te arroja una soga en forma
de “Hola, ¿Cómo estás?”.
Podremos suponer bastantes situaciones y ponerle todas las
caras conocidas o desconocidas al barco salvavidas, pero notó lo que sentimos,
y nos hizo notar que lo sintió.
Tal vez no suceda siempre. Supongamos que tal vez lo dejamos
suceder. Podremos dejarnos rescatar de la tempestad o quizás sólo dejaremos que
nos acompañen. Pero a quien se acerca, si le permitimos ayudar seguramente
sentirá felicidad. Aunque sólo le permitamos estar.
Dejando los supuestos, sin dejar la supuesta cuestión de esta nota, uno puede dar y recibir
felicidad en los momentos más tristes. Ya sea llenando vacíos o creando
espacios, vas a estar bien.
Ahora bien, si quien te salva de las tristezas simples de la
rutina sin tu rosa se convierte en tu flor, bien por ti. Pero si esa flor no
puede permanecer contigo… Vas a estar bien. Sólo recuerda que es tu flor. Y
aunque no esté contigo, en tus recuerdos la verás aparecer en medio de la
tormenta. Cada vez que cierres los ojos, ya sea al dormir o sin hacerlo, vas a
estar bien.
Alejandro Orio