Es muy fácil perderse en un cuadro.
“Igual que en un libro”, dirán. Pero el libro dice demasiado para perderse en él. Seguro, uno puede estar en cualquier lugar mientras lee y ser una experiencia maravillosa; en la que el protagonista se hace carne en nuestro pensamiento, y los personajes se convierten en algo tan cercano a nosotros que se nos hace muy difícil el acto de terminar y decir “ahora vuelvo a las entrañas de la cotidianeidad”.
Seguro, el libro dice mucho, quizás lo suficiente para ser guiado por él, cautivado; pero nunca para producir que nos perdamos de la misma forma que un cuadro.
“Un buen disco lo logra”. Sí… Pero, no. Un buen disco puede hacerte creer que estás en otro lugar. Podemos poner un disco de jazz, metal, pop o lo que sea; acostarnos en nuestra cama, cerrar los ojos y sentir como los acordes y melodías penetran todo nuestro ser, como cada instrumento puede transmitir una sensación de plenitud y concordia al sonar en conjunto con el resto. La sucesión de canciones organizadas en un orden específico puede parecer llevarnos a través de un torbellino emocional del que no hay forma de escapar más que dejándose llevar y caer. Caer y despertar.
Sin embargo, con solo abrir nuestros ojos nos encontramos en esa habitación oscura y húmeda frente al mismo aparato que hace solo unos segundos provocaba sensaciones indescriptibles y ahora se encuentra inerte.
“Quizás el cine, o el teatro…”. Ni cerca. La conceptualización de lo etéreo no puede, de ninguna forma, trasladarse a la actuación.
Y es muy fácil perderse en un cuadro…
Tiene su proceso. Pero cualquier persona con la voluntad suficiente puede hacerlo sin problemas con estas simples
indicaciones.
En primer lugar hay que mirarlo, claro está. Admitir su existencia y hacernos a la idea de lo que va a sucedernos. Pero después es necesario ir más allá, observarlo con detenimiento; mirar cada estría marcada por el pincel y el polvo que pueda haberse acumulado en ellas, tratar de separar figura y fondo, contemplar el contenido volcado en el lienzo y su marco y la relación simbiótica que se ha desarrollado entre ellos. Solo de esta forma podemos acercarnos a nuestro objetivo.
Después de eso, vamos a tener que indicarle a nuestro cuerpo que se acerque al cuadro (en caso de no haberse acercado antes). Puede parecer una obviedad, pero en ningún momento tenemos que quitar la vista del lienzo, ya que se arruinaría todo el proceso y si bien es sencillo, se complica al intentarlo dos veces.
Una vez cerca del cuadro vamos a sentir como si nos absorbiera, como si el marco nos envolviese y el lienzo cubriera nuestra visión y nos dejara a oscuras. De nuevo, trataremos de no cerrar los ojos o apartar la vista.
A partir de entonces sentiremos como si la atmósfera hubiese cambiado. Un viento cálido. De a poco, nuestros ojos se irán acostumbrando a la luz (o a la falta de ella). Podremos ver una escena desplegada frente a nosotros y rápidamente la reconoceremos como el cuadro que estábamos observando hace unos momentos. Es normal, en esta instancia, sentir un poco de miedo ante la situación. ¿Cómo puede ser que nos encontremos acá si hace no más de un minuto estábamos allá? Así sabremos que lo hemos logrado, que nos hemos dejado hipnotizar. Hemos encontrado una conexión que nadie más ha logrado.
Podremos estar seguros de que ninguna otra persona podría comprender lo que estamos sintiendo; créanme, se me hace muy difícil explicarlo ahora mismo.
Mariano Azubel